Cuentos para ser contados

El último tren

Raul Simoncini

Asustaba la soledad, pero más la tristeza.

Dejé el equipo de mate encima de la mesada de la cocina, me acerqué a la ventana y me puse a observar el incipiente azul violáceo de los Jacarandaes de noviembre, y como el viento movía los restos del barrilete enredado en los cables del alumbrado. Creo que estuve ensimismado en la imagen y en el movimiento sincrónico con el viento como media hora hasta que el silbato lejano de la locomotora me volvió a la realidad. Como si algo eléctrico me hubiera tocado, un estremecimiento me despertó bruscamente y los oídos comenzaron a zumbarme con un sonido agudo e intolerable.

Subí rápidamente las escaleras, me abalancé sobre el ropero, tome las primeras prendas que aparecieron y las arrojé sobre la cama, tomé la valija de una baulera del pasillo, la abrí y coloque sin pretensiones de acomodo toda la ropa que había extraído.

Así nomás, con lo puesto, más los documentos más algo de dinero salí corriendo hacia la calle. No había nadie a la vista; el pueblo tenía un aspecto fantasmal. Mientras corría volví a escuchar el silbido del tren anunciando su partida, lo que acelero mi marcha y los latidos de mi corazón se hicieron presentes en mi cabeza, dadas las pocas veces que me había sometido a esfuerzos extraordinarios.

Ingresé a la vieja estación y me dirigí hacia el andén corriendo como loco, pero cuando llegue observé como el viejo tren se perdía en la distancia rodeado de columnas de humo blanco y gris. La desazón me invadió mezclando tristeza, rabia e impotencia con la melancólica imagen del último vagón perdiéndose en la distancia.

Sobre el final de la plataforma alcancé a divisar a una persona que caminaba de forma acelerada; por el uniforme y la típica gorra imaginé que sería el jefe de la estación, y que en ese momento ingresaba a una oficina a través de una puerta de pinotea con vidrios repartidos finamente tallados y enmarcados por un elegante bisel.

Me acerque rápidamente a la oficina para cerciorarme que el sujeto seguía allí, golpee uno de los cristales y el guarda me hizo señas de que entrara.

—¿A qué hora sale el próximo tren? —pregunté.

—No hay otro tren, ese fue el último —respondió el hombre uniformado sin levantar la vista de algo que estaba leyendo.

—El último del día de hoy, ¿no? —volví a preguntar entre afirmando y requiriendo.

—Ese tren fue el último de hoy y de siempre, no habrá más partidas.

—¿Está usted tomándome el pelo? —respondí bruscamente arrepintiéndome en el acto de mis palabras.

—No señor, no habrá más trenes, y no habrá más estación terminal de trenes por acá. —Contestó cortésmente como haciendo caso omiso a mi exabrupto.

Me quedé en silencio un rato tratando de ordenar mis ideas y las nuevas preguntas que se agolpaban en mi boca cuando decidí cambiar el sentido de la conversación.

—Su rostro me resulta conocido, muy conocido.

—Bueno, conocido soy en este pueblo, hace algo menos de dos años que trabajo en esta estación. Usted no me conoce bien porque viene muy poco.

—No crea, he venido a despedir gente amiga, pero a usted no lo había visto nunca. Pero insisto, su rostro me es familiar, no sé a quién se parecerá…

—No se me ocurre como ayudarle.

—¡Pero ahora creo que ya se porque me resulta conocido…! usted se parece a Humphrey Bogart.

—Oh no no no, señor, se porque lo dice, en realidad soy Sam Spade.

—¿El policía del Halcón Maltes?

—El mismo. —dijo el hombre con aire de suficiencia.

—A ver, Bogart está muerto y por lo tanto ese personaje…

—Sigo vivito y coleando, solamente que como ya casi nadie ve la película, tengo muchas horas ociosas como personaje.

—Que extraño todo esto —dije en voz muy baja como para que el guarda no me oyera

—¿Qué tiene de extraño? —contestó el personaje que me había oído perfectamente.

—¿No le parece extraño que un jefe de estación de un pueblo perdido en la nada, sea nada más y nada menos que el legendario Sam Spade?

—En realidad no; hace un par de años, trabaje en una pizzería en Brooklyn, New York, todo el mundo me pedía autógrafos.

Me quedé pensando en las últimas palabras del personaje, que parecía inconmovible detrás de su pequeño escritorio, observándome de cuando en cuando.

—Debo estar soñando.

—Entonces estamos soñando los dos el mismo sueño porque yo lo veo claramente a usted ahí parado.

—Cambiando de tema: ¿Porque dice que fue el último tren?

—Y dije que tampoco habrá más estación…el tren era para usted, pero como decidió no viajar en él, se decidió eliminarlo.

—¿Un tren para mí? ¿Solo para mí? Donde leí algo parecido: es medio kafkiano eso, ¿y quién decidió suspenderlo?

—Eliminarlo dije.

—Bueno, eliminarlo —dije para no contradecirlo.

—Los de arriba.

—¿Los de arriba? ¿y quiénes son los de arriba?

—Los de arriba son los de arriba, ¿no entiende usted? ramal que no se usa ramal que cierra.

—Ramal que para ramal que cierra: esa es la frase correcta.

—Es más o menos lo mismo señor, y parece no entender…

—Ah sí, debo entender claramente que el último tren, que era para mí, acaba de partir, que no habrá otro, y quien me lo dice es el mismísimo Humphrey Bogart.

—Sam Spade.

—Oiga, es lo mismo.

—¿Ve que no entiende? no es lo mismo, claro que no, ¿me ve cara de fiambre?; seguro que no; porque Bogart está bien muerto y yo estoy vivito y coleando.

—En cualquier momento me despierto de esta pesadilla. —dije nuevamente en voz baja.

—¿Y porque no tomó el tren?, disculpe mi curiosidad, porque las otras personas lo tomaron…—pregunto el guarda mirándome fijamente.

—¿Cómo las otras personas? ¿no era para mí este tren?

—Claro, los otros pasajeros son parte de su historia, o sea de usted.

—¿Cuál historia?

—Ah, de eso no tengo idea, no soy un metido.

—Pero usted asegura de que los otros pasajeros son parte de mi historia.

—Claro, siempre hay una historia. Yo aseguro lo que puedo asegurar.

—¿Y quiénes son los otros pasajeros?

—No le puedo dar esa información.

—¿No puede darme información de mi propia historia? Por favor, dígame eso, fue mi último tren, sea bueno. —rogué.

—Bueno, está bien, le diré, pero no divulgue que yo le di este dato porque me despedirán si lo hace. Esta empresa tiene reglas muy claras respecto a la privacidad.

—Tiene mi palabra.

—Es un solo pasajero en realidad: una mujer, joven.

—¿Cómo sabe eso?

—Tiene nombre de mujer.

—Bueno hombre, no se burle, me imagino que la vio y puede describirla.

El guarda dejó deslizar sus anteojos sobre su nariz, levantó la cabeza y miró por encima de ellos. —No pasó por acá, solo la vi de lejos y de espaldas.

¿Y cómo sabe que es joven?

—Por su número de documento y por su nombre, porque va a ser.

—¿Le piden los documentos a quien viaja?

—Oh, si, somos muy serios.

—Nunca había oído eso, pero bueno: que imagine la edad por el documento puedo entenderlo, pero por su nombre.

—¿Conoce alguna mujer madura que se llame Iona? —dio el guarda con aire de suficiencia.

—Sam Spade hasta la muerte eh, un detective único. ¿Y dígame…? ¿Como subió a mi tren, como usted dice, una mujer joven que no conozco?

—A lo mejor estaba por conocerla, ¿quién puede saber eso? —afirmó el guarda poniendo los brazos en jarra y levantando los hombros.

—Pero…subió al tren y se fue —dije sin simular mi doble frustración de haber perdido el tren y a una muchacha.

—Eso vi que iba a hacer… Es todo, y ahora debo cerrar porque vienen a buscar la estación. —Dijo el guarda haciendo gestos con la mano

—¿Como que vienen a buscar la estación…?

—Si, en una hora estarán acá y se la llevarán. Debo terminar toda la documentación antes que lleguen así que aquí me despido.

El sujeto con rostro de Humphrey Bogart o Sam Spade, en uniforme de guarda me sacó de la oficina con una atenta pero decidida invitación, acompañada de un suave empujón. Me senté en un banco de hierro repujado con respaldo de madera gastada.

Instantes después llegó un pequeño camión del cual se bajaron algunas personas con uniforme de trabajadores de ferrocarril, desarmaron rápidamente las instalaciones, levantaron los rieles, los plegaron como si se tratase de un mecano y lo subieron al camión; luego me pidieron permiso e hicieron lo mismo con el asiento. Un rato más tarde, donde antes estaba la coqueta y antigua estación solo quedaba un terreno verde y prolijo, con algunas marcas que progresivamente fueron desapareciendo.

Tome mi valija y emprendí el regreso a mi casa cavilando sobre cuánto tiempo tardaría en desaparecer todo el pueblo. Encendí el hogar a leña, preparé unos mates y me puse a mirar otra vez por la ventana la ciudad vacía. En los cables del alumbrado, el viento continuaba haciendo bailotear los restos del barrilete.

Lo sorprendió que golpearán la puerta. Lentamente caminó hacia ella, la abrió y el rostro de una joven mujer se asomó por la rendija abierta.

—Perdón que lo moleste, pero acabo de perder el tren y no sabía dónde ir, el único hotel está cerrado y la única luz encendida es la suya.

—¿Iona?

—¿Cómo sabe mi nombre?

Cuentos para ser contados

De mi Antología

La Gallega

(O la Santa María)

 

Raúl Simoncini

Relato

16315612136051—Así como lo cuento —dijo el viejo limpiándose las manos en su camisa y después tomar un trozo de pan y mojarlo dentro en el líquido aceitoso de un cuenco—, que a mí me ha llegado la historia por parte de Joaquín, que es primo de Álvaro Cornejo, y este a su vez cuñado de Rodrigo de Jerez, natural de Ayamonte y marinero experimentado, sobreviviente de la Santa María, y si yo lo digo es porque el me lo ha asegurado. Pero puedo confiaros que aparte de mí, la noticia vendrá por otros lados, las buenas y las malas, que el boca a boca corre más rápido que el fuego tras un reguero de pólvora.

—Mira abuelo que eso es muy difícil de creer —Dijo el menor de un grupo de jóvenes, quitándose el gorro de lana y rascándose la mugre de la rubia cabellera.

—Difícil de creer es, que si fuera fácil, tal vez no sería noticia ni ustedes me andarían rondando en busca de los detalles —repitió el viejo señalando con un cuchillo a todos los que lo rodeaban— La Santa María era un bajel portentoso… construido en el astillero de Los Arenales, o Santa Catalina de San Sebastián, el mejor de toda Europa, o también pudiera haberse construido por La Coruña, dado que el primer nombre era “La Gallega”, o también en los astilleros de Falgote, en Colindres de la bella Cantabria…

—Pero eso es muy vago don Bartolomé, porque yo he escuchado por allí que se había construido en el astillero Santa María y por eso recibió el nombre de Marigalante —Interrumpió el mayor mirando al viejo y al resto, que le prestó atención.

—…Marigalante, si, que es verdad y a mí me gustaba ese nombre…o quizás —continuó don Bartolomé apartándose de la interrupción—, porque no en la mismísima marisma de Santoña, si también se dijo que Don Juan de la Cosa la había encargado especialmente y había seguido de cerca su construcción; y que no era ni una nao ni una carabela, sino que era un portento más avanzado sin un nombre especial, de tres buenos palos, castillo delante y detrás, un generoso francobordo para soportar cualquier evento, incluso un combate, y hasta se aseguraba que el almirante llevaba a bordo un par de velas de novísimo diseño tal que le permitiría ir aún contra el viento si el clima se negaba y a ese portento le llamaban ceñir. De hecho, sabemos que los galeones para la Armada Española se construían en los arenales de la Ria del Treto y se llevan luego a Santoña para aparejarlas; así que bien se pudo haber construido allí, que son los mejores astilleros de este mundo y con todos los adelantos.

—¿Pero si el rumor anda diciendo que no eran las mejores, si la habían alquilado por poco dinero? —Preguntó una muchacha que se había acercado a la mesa y había escuchado la parte final del relato.

El silencio se incorporó a la reunión improvisada, cuando varios parroquianos se acercaron a la mesa. La luz cada vez más mortecina de una vela iluminaba los rostros ajados dándoles un curioso aire de expectativa. Don Bartolomé se levantó, y comenzó a retroceder, y fue cuando un gigantón de barba larga y rala, que llevaba colgado u enorme puñal toledano de su cuello lo tomo del brazo y lo regresó a la mesa —Ahora que has logrado nuestra atención no serás tan descomedido de mandarte a mudar y privarnos de la historia ¿verdad?, y menos de no contestar la pregunta de una dama. ¡Oye cantinero, un poco de vino especiado o algo de cerveza o también un poco de hidromiel, para que se le avive la mente a este relator!.

—Lo que yo sé es lo que se cuenta por allí, en los serios mentideros, y de primerísima fuente, y no lo que se escribe en los castillos o en las abadías para engañar al vulgo…solo es el resultado del comentario de los que allí estuvieron; y si voy a relatar, para mantener el garguero húmedo yo prefiero sidra de la buena que ese tunante la tiene —dijo el viejo Bartolomé regresando a su lugar en la enorme mesa donde ya se habían agregado casi todos los parroquianos que a la sazón andaban por el lugar, motivados por la voz y por el cuento.

—Si bien el dinero no sobraba, pero tampoco faltaba, porque, a decir verdad, la aventura había calado hondo en los comerciantes, y ademas, que, si es cierto que nadie se quería jugar en esa locura, tampoco se querían perder de las ganancias si por esas putas casualidades todo resultaba bien. Para llegar a destino, y por aquí pasa la cuestión, que más allá de verdades y mentiras, el navegar al oeste era navegar al peligro, y quizas sin retorno y era preciso que, si el infortunio se presentara, que este no llegara por navegar en malas carracas y antiguas cocas, buenas para el mar cercano, pero no para el misterioso del más allá.

“…De palos salieron las tres, para agosto del año del señor de 1492: La más veloz, La Pinta, la orgullosa Niña y la arrogante La Gallega, que así la siguieron llamando durante un tiempo ya que no se acostumbraban a su nuevo nombre Santa María, ya sea por desconocimiento o más bien por temor a la leyenda de que bajel renombrado era igual a bajel zozobrado”.

—¿Y porque le cambiarían el nombre?

Don Bartolomé se dio vuelta para observar al viejo desdentado que fumando una pipa curva lo observaba con curiosidad desde una mesa vecina esperando su respuesta.

—Don Cristóbal Colón, era un creyente insospechado, que llevaba siempre un hábito franciscano y era devoto de la Santa Virgen de la Inmaculada Concepción, a quien se encomendó antes de partir y por tal motivo esa fue la razón del cambio de nombre; pero en los cotilleos se aseguraba que también era algo supersticioso y también creía a pie juntillas que cambiar el nombre de un barco era como echar una maldición, y por lo tanto el cambio de nombre se debe haber debido a complacer o a obedecer a alguien superior, que por otra parte ponía el sustento y los reales.

—La Reina Isabel…

—La Reina Isabel si, que, aunque era devota de varios santos entre los que se cuenta San Juan, finalmente privilegió a la Santa Madre María…

“Así que la partida ya contaba con malestares en los primeros 39 tripulantes del navío mayor, que no se convencían de que la ofensa del cambio de nombre sería compensada largamente por la madre del creador.

“El viaje se había prolongado mucho más allá de lo que se había asegurado, y varios intentos de motín debieron ser sofocados.

“A poco de llegar, también ya había descontento entre los hermanos Pinzón y el Almirante, haciendo que Martin Alonso Pinzón se desprendiera de la pequeña flota con la Pinta rumbo a un sector de la isla de Babeque en busca de oro.

“Lo que sucedió en la nochebuena de ese mismo año y en la mañana siguiente, solo lo saben los que allí estuvieron, y si bien el informe oficial dice que la nave encalló sobre una desconocida restinga, bien al norte de la isla La Española, y que luego de desarbolarla y de haber retirado toda la carga, la hizo cañonear, se desmanteló para poder construir el fuerte Natividad, para dar lugar a los tripulantes que ya no todos podrían volver en las dos naves restantes.

“También cuenta la versión oficial que la nave; estando fondeada, sin gente en ella, o con gente, pero de fiesta; había sido encomendada al contramaestre Chanchu, pero que éste seducido por la celebración, dejo en custodia al grumete Martin de Urtubiaga, y que no noto por la oscuridad, o por estar medio dormido, que derivaba producto del gran oleaje, hasta quedar encallada.

—¿Estaba tan sola la Santa María esa noche?, ¿y a donde irían si no había población ni lugar donde quedarse? —preguntó el hombre de la navaja.

—¿Y cañonearla, para qué? —preguntó el tabernero que arrimaba otra jarra.

“Esa es la parte más oscura o incierta de la cual hay varias versiones. Lo cierto es que si había galerna no podría haber fiesta en el bajel.

“La otra verdad es que no había oleaje, y reinaba la claridad por la inmensa luna llena. Lo que si hubo ese día fue una gigantesca marea de sol más luna, de las llamadas anuales o de sizigias que, al hacer subir al navío por encima del nivel de seguridad, modifico el ángulo de tiro, cambio la línea de cabo y cadena de amarre, haciendo desprender el ancla..

“Pero hay otra versión, una mas… que es la que se transmite en los burdeles y fondas, y es que el hostigamiento de los naturales de la isla, su tratamiento brutal iba generando resentimiento y odio en los naturales, y que, en la misma nochebuena, un grupo de tripulantes había bajado a tierra mientras el almirante dormía y que habían matado a varios naturales del lugar y abusado de sus mujeres, lo que hizo que el cacique Guacanari atacara la nave, cortara su fondeo y así lograr que encallara; y que Colon había escapado a duras penas y se había refugiado en la Niña fondeada un par de millas más arriba; y que por eso cañoneara a la Santa María, con mucha pena pero con mucho enojo y quizás con la idea de salvar el pellejo.

—¿Pero no es verdad entonces que el fuerte Natividad había sido construido con los restos de la Santa María, y que fue atacado tiempo después?

“Que fuera por la maldición del cambio de nombre, o del enojo de nuestra santa Madre María por el mal trato a los naturales, justo para la celebración del nacimiento de su hijo Jesús, que se incendiara el navío antes o el fuerte después, el hecho es que de la nave nada ha quedado, ni tampoco del fuerte, ni siquiera sus historias ni sus cenizas.

—Santa Madre María —rezó uno de los parroquianos

—Sin Pecado Concebida —respondió una mujer que había permanecido en silencio y luego se hizo la señal de la cruz.

“La cuestión es —continuó don Bartolomé, que ya comenzaba a hipar y le costaba mantener el mismo tono de voz—, que por una razón u otra allí perecieron 39 españoles.

—Pero dinos viejo, la historia no terminó allí…

—Que también eso es verdad, que después que el almirante regresara con el botín recaudado de manera santa y no tan santa de las tierras descubiertas, un suceso escalofriante sucedió en el mismísimo Puerto de Palos.

El viejo se llenó la boca con una cuchara de madera, con el guiso oscuro de un nuevo cuenco y luego dio un largo trago de sidra mientras los espectadores aguardaban en silencio. Luego se metió un cuchillo en la boca como buscando algo atravesado entre sus dientes carcomidos por las caries y el sarro, eructo sonoramente y abrió la boca para mostrar una sonrisa desdentada.

—Que no tengo todo el día, y hemos pagado por tu comida y el relato —dijo el gigantón.

Cuando todos se acercaban al viejo con ánimo diverso, el viejo levantó una mano y con el la voz —Si no me interrumpen continuaré con mi relato, salvo que ya estén cansados de él, y en ese caso… —dijo mientras tomaba un sucio sombrero y se levantaba.

Alguien lo sentó nuevamente y luego de acomodarse la ropa continuó —Como el interés en mi historia sigue vivo voy a continuar.

“El Almirante regreso de su viaje en la Niña, y después de soportar un temporal, del cual se salvó milagrosamente, y lo separó de la Pinta, arriba a Las Azores, y de allí, previo paso por Lisboa llega nuevamente a Puerto de Palos, con diez indios, oro, Batatas, Algunos pararos de colores según cuentan que le llaman papagayos, unas papas dulces y varias cosas más, parte de los cual presenta con orgullo a sus dignísimas majestades Fernando e Isabel según cuentan, endulzan en los mas que abundantes relatos los sucesos con la Santa María convenientemente, evitando detalles y explicaciones que considera innecesarias y contrarias a las conveniencias de la corona.

«Los tripulantes de ambos navíos cuentan por aquí, allá y acullá los sucesos, agrandándolos como es frecuente en estas circunstancias como para ganar la atención y con ella, el asombro del que escucha. de ahí parte el relato como pólvora que, como toda historia, mientras más malévola mejor, se ha de derramar impiadosamente.

«Cuentan otras lenguas que ya sea por fantasía o exageración, que vieron entrar a la Santa María o la Gallega, o como queráis llamarla, en perfectísimo estado, como salida de astillero, sin que timonel o capitán la guiara, y tampoco se vieran marineros, ni grumetes, ni quién trime el velamen. Entrando en varios puertos de España, fondeando brevemente, para luego partir virando en redondo y alejarse lentamente, como señal de presencia del más allá, y perdiéndose en una densa niebla.

El silencio se adueñó de los todos los oyentes sin que nadie se atreviera a decir ni pio.

—Viejo, tú sabes mucho… como si hubieras estado ahí… dijo una joven de pelo revuelto.

Por la puerta de entrada de la fonda entra un personaje vestido de capitán de barco de la época, bombacho corto, botas altas cubiertas de barro, barba desprolija, palidez cadavérica, ojos hundidos,  sombrero aludo y emplumado. Se queda en la puerta, da unos pasos hacia el centro del salón y habla con voz alta.

—Se necesitan nuevos tripulantes para nuestra esplendorosa Santa María, que próxima a partir y faltos de personal espera en la bahía…

—Los espectadores retroceden y casi todos se persignan.

—Oye tu Bartolomé, regresa a tu barco que se ha acabado su licencia… y ocupa tu lugar en la sentina como siempre…